lunes, 15 de abril de 2013

Cuando fallan las expectativas

EXTRA! 

Llevábamos meses esperando para ver el resultado en el Teatro Reina Victoria y lo cierto es que éramos felices en aquella burbuja en la que soñábamos con una sublime adaptación de '¡Ay, Carmela!' que nos dejase con esa sensación de felicidad que dejan los grandes musicales. Las expectativas a veces nos juegan malas pasadas.  

La que en 1990 fue una gran película de Carlos Saura, con Carmen Maura y Andrés Pajares como protagonistas, da el salto al teatro musical a dos pasos de la Puerta del Sol, en un espacio escénico que constituye uno de los fallos a la hora de poner en pie una producción con las voces inmensurables de Marta Ribera e Inma Cuesta, a las que el Reina Victoria se les queda pequeño. Incomprensible, del mismo modo, la presencia de un intermedio que llega al cumplirse la primera hora del montaje, cuando el espectador aún está metiéndose en la historia. 

Sabemos de la experiencia de Andrés Lima y por ello nos sorprende que como director no se haya percatado a tiempo de la falta de ritmo del espectáculo. Lo cierto es que las dos horas que dura '¡Ay, Carmela!' se nos hicieron largas. No se desvirtúa el texto original de Sanchis Sinisterra pero se aligera hasta perder buena parte de su intensidad, algo que sólo llegamos a sentir en el desenlace de la historia, tramo que dignifica la función y que nos calla la boca de un bofetón al ritmo de ese bello himno republicano que da título al montaje. 

No terminamos de empatizar con la crudeza que intentan transmitir las proyecciones: la tragicomedia es un género muy digno, pero en ocasiones adolece de saltar demasiado rápido del chiste al drama extraviando al público por el camino.

Nada que objetar a nivel interpretativo, con unos actores que se merecen los largos aplausos que les regala el público al final de cada función. Javier Gutiérrez e Inma Cuesta interpretan a unos Paulino y Carmela que hacen reír cada vez que quieren a todo el patio de butacas. Impagable ese 'Que viene el coco' con en el que la protagonista rompe la barrera con el público bajándose de las tablas.


A Marta Ribera no podemos culparle de lo desdibujado que parece su personaje porque está perfecta vocal e interpretativamente. Los secundarios también brillan, con un número en el que el fascismo aparece por primera vez en escena y que constituyen el que quizá sea el mejor número de la obra.

Pros y contras de una producción irregular, con entradas que no superan los 30 euros, que les recomendaríamos por su elenco pero no tanto por sus aspectos formales. La última palabra, como siempre, la tiene el espectador. 

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