lunes, 3 de junio de 2013

El arte más íntimo en 'La belleza encerrada'

EXTRA!

'La belleza encerrada' arranca con la reivindicación de lo pequeño y de lo oculto. Como me dijo una vez alguien muy especial, esa belleza encerrada parte de los pequeños gestos que logran grandes obras, de las pequeñas ideas que atesoran las grandes personas. Interesante planteamiento en una sociedad en la que el individuo se siente diminuto frente a las grandes estructuras que lo controlan todo. Poco a poco ese individuo descubre que en solitario puede ser complicado sobrevivir, pero que en la unión está la fuerza. Eso mismo gritan todo estos cuadros, que fueron abandonados, uno a uno, en los almacenes del Museo del Prado, y que finalmente han sido recuperados para triunfar como conjunto.

Interesante recorrido que crea la ilusión de un viaje a través de la historia del arte. Desde una copia reducida del original de la 'Atenea Pártenos' de Fidias, hasta una postal de principios del siglo XX con el retrato de Mona Lisa. Otra idea que nos sugiere cómo en ese recorrido por el tiempo el arte deja de disfrutarse en los originales para diseminarse en sus múltiples copias.

Componen la muestra un total de 17 salas y 281 obras que encierran cinco siglos de cultura en pequeñas pinceladas. Desde los colores brillantes y luminosos de 'La Anunciación' de Fra Angélico, pasando por la negra 'Vánitas' de Jacques Linard en la sala 8, donde se concentran las naturalezas muertas, los retratos que inundaron el siglo XVII y las pinturas de Goya, para acabar de nuevo en la suave luminosidad de Fortuny en su maravillosa 'Los hijos del pintor, María Luisa y Mariano, en el salón japonés'. Como el mismo paso del tiempo, no todas las obras permanecen al mismo nivel, pero eso quizá hace que el visitante valore más aquellas que brillan con más fuerza, destacando sobre el conjunto.


No pasen por alto la serie de cinco tablas 'El muro de los sentidos', donde Jan Brueghel y Rubens muestran su interpretación del gusto, el oído, el tacto, el olfato y la vista en varias escenas de gran belleza. Tampoco dejen de curiosear las postales que forman parte de la exposición, pues en lugar de presentar las obras completas al uso, recortan pequeños detalles de las mismas, reafirmando esa idea de la vital importancia de lo que permanece oculto.

Esta exposición temporal del Museo del Prado devuelve el arte a la intimidad de las pequeñas salas, donde el visitante tiene el privilegio de deleitarse con ellas como si estuviesen expuestas sólo para él. 

Por cierto: no intenten buscar en la exposición el nombre ni el autor de las piezas, pues como solía hacerse en el pasado, las obras sólo aparecen marcadas como un número más dentro de la muestra. Les recomendamos, por otra parte, evitar los fines de semana y las horas de mayor afluencia, hacerse con un catálogo de la exposición y dejarse llevar, sala a sala y siglo a siglo, por esa belleza encerrada en pequeños marcos.


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