lunes, 8 de septiembre de 2014

El puñal agudo del amor

EXTRA! 

A veces se abalanzan y te derriban, inmovilizándote y haciendo que te desprendas de la sonrisa cuando menos lo esperas. Llegan sin ser invitados, sin pedir permiso, y te miran con rencor o delicadeza. Los recuerdos te agarran y no te sueltan, atrayendo remordimientos que salen a la luz y se sienten en carne viva. De eso mismo trata 'El largo viaje del día hacia la noche', el magnífico texto del dramaturgo norteamericano Eugene O’Neill, ganador del Nobel en 1936, que vuelve a los escenarios españoles en una acertadísima versión de Borja Ortiz de Gondra dirigida por Juan José Alfonso.

La pieza teatral más importante de O’Neill se instala, hasta el próximo 30 de noviembre, en el Teatro Marquina de Madrid con un elenco al que no se le puede sacar defecto alguno en esta tragedia en la que cuestiones como el sueño americano, el sentido de la vida y las relaciones humanas desgarran a una familia cuya vida vemos transcurrir como un viaje hacia las profundidades de sus sombras, desde la mañana hasta que la noche extiende su negro manto.

Dos consolidados actores como Mario Gas y Vicky Peña se meten en la piel de James y Mary Tyrone, el matrimonio de esta producción desgarradora con unos personajes llenos de conflictos psicológicos en la que elementos simbólicos como la niebla o la siniestra sirena de un faro hacen todavía más dura su angustiosa atmósfera. Ambos intérpretes están soberbios en dos papeles llenos de matices que exigen durante más de dos horas lo mejor de sí mismos. Juan Díaz (Edmund Tyrone) y Alberto Iglesias (Jamie Tyrone) encarnan con maestría a los hijos de la pareja en un tejido dramático en el que la tortura de sus personajes es continua. El breve papel de Mamen Camacho como la sirvienta de la familia sirve para aportar ciertas dosis de humor desde el otro lado del espejo.


Cuatro sillas, un par de mesas y un jarrón conforman todos los elementos del atrezzo que necesita una producción que centra su atención en la fuerza de las palabras y no precisa de decorados que despisten al espectador. En cuanto a su escenografía, los personajes se mueven sobre un proscenio elíptico inclinado rodeado de una cortina blanca a través de la que vemos las nubes oscuras y el aleteo de las aves. Los colores suaves que Elisa Sanz ha elegido para el vestuario concuerdan con el caluroso día de agosto en el que se desarrolla la historia. 

Es una delicia mirar a los lados desde la butaca y ver a todo el público embelesado con los fracasos y frustraciones de una familia que vive su propio exorcismo según va dejando salir sus demonios hasta que la armonía familiar desaparece. La intensidad del texto no merma la humanidad que aflora en el fondo de esta tragedia moderna con la que O’Neill intenta ajustar cuentas con su pasado y entender a sus seres queridos.

Los personajes son los propios padres del autor, su hermano mayor y él mismo. Una autobiografía que O’Neill no quiso que se llevase a las tablas hasta 25 años después de su muerte, un deseo incumplido que sin embargo permitió mostrar con antelación su valor artístico en una pieza antológica en la que la piedad acaba convirtiendo la furia en amargura. 


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