viernes, 12 de diciembre de 2014

Toda una declaración de intenciones de Bill Murray

EXTRA!

¿Qué es ser un santo? Para la mayoría, un humano con características divinas como la bondad, la empatía o las ganas de ayudar siempre al prójimo, influenciados en todo momento por un contexto religioso. Pero cuando nuestras creencias dejan de guiarnos, podemos encontrar personas con características que no parecerían merecer este título a simple vista, como ocurre en 'St. Vincent', disponible en la cartelera española desde el viernes 12 de diciembre.

Una comedia dramática de las productoras Chernin Entertainment, Crescendo Productions y The Weinstein Company y del director y guionista Theodore Melphi, del que pocos recuerdan su ópera prima, 'Winding Roads'. En esta ocasión no ha sucedido lo mismo, haciéndose con las nominaciones a mejor película en los Globos de Oro y a mejor actriz de Reparto - por el trabajo de Naomi Watts - en los premios del Sindicato de Actores (SAG).

Vincent (Bill Murray) es un hombre antipático, políticamente incorrecto y aislado de toda compañía más allá de la de su gato. Todo parece importarle poco hasta que entran accidentalmente en su vida (y nunca mejor dicho) sus nuevos vecinos: Maggie (Melissa McCarthy), una madre en proceso de separación, y Oliver (Jaeden Lieberher), un irónico niño poco común. No se trata de una situación idílica ni sensiblera: el joven necesita a alguien que le cuide cuando vuelve del colegio y el veterano de guerra algo de dinero para seguir su poco ético modo de vida.

A simple vista, un borracho que cuando no está apostando en las carreras de caballos frecuenta la compañía de una 'dama de la noche' embarazada (Naomi Watts) no parece ser un canguro ideal y, mucho menos, un santo. Pero las cosas no siempre son lo que parecen y, a veces, hay que ahondar en una persona para conocer quién es realmente y sorprenderse con lo que puede aportar sin cambiar su personalidad.


El eterno secundario Murray ('Lost in translation', 'Monuments Men') parece hacer toda una declaración de intenciones con su papel protagonista en esta cinta, donde se hace complicado ver dónde termina el personaje y empieza el propio actor. Sin desmerecer el trabajo de Melphi, la historia no tendría mucho sentido si no contase con la personalidad y el trabajo gestual de un actor de culto que merece el reconocimiento de la crítica.

McCarthy ('La boda de mi mejor amiga', 'Ladrón de identidades') encarna a una madre coraje, trabajadora y preocupada por el futuro que hace disfrutar al espectador mediante una serie de diálogos hilarantes con su vecino y la comicidad con la que impregna todos sus trabajos. No dejan de destacar Lieberher ('Playing it cool'), que enamora con su sinceridad e ironía, y Watts, en un papel al que nos tiene poco acostumbrados, interpretando a una rusa deslenguada con un complicado carácter.

Con una brillante fotografía de John Lindley, una más que destacable banda sonora perfectamente combinada con los primeros planos y un buen ritmo, Melphi cumple con éxito sus objetivos. El hecho de ser una producción previsible que toca los sentimientos del espectador no disminuye el interés del público, como cabría esperar. Ahí reside la magia de una película que, a pesar de mantenerse fiel al ideal estadounidense, entretiene y emociona durante los 103 minutos que, aunque se terminarán olvidando, aseguran el disfrute durante el visionado.


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