jueves, 12 de marzo de 2015

Ecos espectrales de la crisis

EXTRA!

La Casa de la Portera acoge los martes del mes de marzo una peculiar e interesante propuesta teatral de tintes fantasmales del joven autor cordobés Antonio Rojano: 'Ascensión y caída de Mónica Seles'. Pese a formar parte del título de la obra, la conocida tenista Mónica Seles es más bien una presente-ausente en la historia dirigida por Víctor VelascoEl ataque con un cuchillo que sufrió por un fanático obsesionado con su eterna adversaria en las pistas, la también tenista Steffi Graf, se convierte en metáfora y el tenis en hilo conductor de la trama protagonizada por dos mujeres y un espectro.

Mención aparte merece La Casa de la Portera, que acerca el teatro a la vida misma, llevándolo más allá de los escenarios a los que estamos habituados, trasladando la acción a una casa del antiguo Madrid, donde la ficción se amolda y juega con el espacio y viceversa, creando un tándem muy potente. De este modo, los espectadores asisten a un metafórico partido de tenis, con sus dos campos y sus diferentes sets, en el que dos mujeres de caracteres totalmente opuestos reviven su drama personal.

Estefanía tiene una modesta peluquería en la antigua casa de su abuelo, mientras que Candela es una mujer rica y soberbia que va pisando con fuerza allí por donde pasa, interpretadas de forma sencilla pero con gran eficacia por una dulce Rocío Marín y una cínica Nerea Moreno que oculta el vacío que se averigua tras la fachada de su personaje.


En un momento dado, una cita de Simbad el marino se repite en los labios de los personajes: 'El pasado es lo que ya sabemos, el presente lo que estamos aprendiendo y el futuro lo que nos queda por conocer'. Así, se muestra el presente del encuentro de Estefanía y Candela, que remite irremediablemente al pasado hasta trasladar a un futuro no tan inesperado como desesperado.

El montaje se divide en cuatro actos que profundizan en unos personajes con fondo amargo que mantienen al espectador con una constante sensación de incertidumbre a través de unos diálogos bien escritos y ciertos detalles espiritistas. Una experiencia intensa que el espectador vive a un metro de dos intérpretes ejemplares.

La producción es también un reflejo de la crisis económica y de cómo ha afectado al ser humano, dejando de lado los grandes discursos para que sea la vida la que tome voz. La tragicomedia de 80 minutos de duración trata, sobre todo, de la naturaleza humana, de sus ambiciones y de sus pasiones, de sus logros y frustraciones, de su ascensión y de su caída.


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