jueves, 21 de mayo de 2015

Si Cervantes levantara la cabeza

EXTRA! 

El escritor, dramaturgo y cineasta Fernando Arrabal está considerado por muchos como un autor tan sorprendente como provocador. Amigo del genio Andy Warhol, en su obra se advierte una revolución constante ante la lógica en la que el uso del delirio y el surrealismo es tan característico como complejo buscar un ápice de coherencia en su discurso.

Si la creación artística es lo contrario del griterío, Arrabal le da la espalda a esa definición. Fundador del Grupo Pánico junto a Topor y Jodorowsky, se integró en el Grupo Surrealista junto a artistas de la talla de Dalí, Bretón y Duchamp. Desde entonces, los premios y el prestigio han ido en aumento, tanto como las incongruencias de una obra que se podría definir como una deconstrucción picassiana firmada por un figura que hace de la extravagancia su escudo impenetrable

'Pingüinas' es el nuevo texto de Arrabal, encargado y dirigido por Juan Carlos Pérez de la Fuente en las Naves del Español en Matadero, donde se representa hasta el próximo 14 de junio. En la sala bautizada con el nombre del autor, el público asiste a un potente despliegue técnico bajo el que (supuestamente) se lleva a cabo un homenaje a las mujeres  de Cervantes, ahora que se celebra el cuarto aniversario de la segunda parte del Quijote.

Poco podemos contar de un argumento vacuo en el que el truco consiste en deslumbrar con la iluminación, la tecnología y una escenografía soberbia que cojea ante un texto sobrecargado de alegorías al que se le reconoce intención tras la pluma, pero escrito de tal forma que el espectador asiste a una continua sinrazón sin poder gritar aquella norma de que el teatro debe transmitir algo. Aquí hay dos opciones: sentirse ante un iluminado al que admirar como un mesías o querer que el esperpento acabe cuanto antes.


Diez actrices como la veterana Ana Torrent y la talentosa María Hervás piden aplausos al ritmo del 'Happy' de Pharrel Williams, se pasean en moto alrededor del público, bailan y protagonizan un montaje en el que se representa la valentía y liberación de la mujer a través de un texto hermético y soez en el que chocar las palmas con el sexo, una y otra vez, queda más ridículo que moderno.

Es triste escudarse en la provocación para esconder lo fallido de un montaje en el que lo único que brilla es la espectacularidad técnica. Las actrices, que al menos podrán presumir de haber sobrevivido a un trabajo así, arañan temas como dios, la vida y la muerte hasta llegar a la única escena con valor dramático en una función con un desenlace que se ríe del público, con el que se intentan justificar los 90 minutos anteriores. Jugar a ser Bergman y no llegar ni a 'Laika' de Mecano.

Con perdón de la brillante programación que habitualmente se encuentra en las Naves del Español, recomendarles esta suerte de performance cibernética sería traicionar el criterio y el gusto de quien escribe. Por desgracia, la excentricidad está tan sobrevalorada por algunos como la vulgaridad en numerosos círculos artísticos del arte contemporáneo. Aunque la mona se vista de seda, ya se sabe.


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