miércoles, 18 de mayo de 2016

Los polos opuestos se atraen

EXTRA!

'El instinto social de los hombres no se basa en el amor a la sociedad, sino en el miedo a la soledad'. Así lo afirmaba Schopenhauer y así se demuestra en 'El tipo de la tumba de al lado', una adaptación realizada por Begoña Bilbao de la novela romántica de Katarina Mazetti que, desde su edición en el año 2010, se ha convertido en un best seller. Tras numerosas versiones y representaciones en multitud de ciudades, la divertida comedia llega al madrileño Teatro Quevedo de viernes a domingos, hasta el próximo 12 de junio.

En esta historia poco común el amor surge en un cementerio en el que Aitziber Garmendia ('Ocho apellidos vascos') se mete en la piel una tímida bibliotecaria llamada Aiora que acude cada día a almorzar junto a su fallecido marido. Por su parte, Iker Galartza ('Allí abajo') da vida a Pablo, un granjero que visita la tumba de su madre, con quien habla más ahora que cuando estaba viva. Hasta ese momento la situación no tendría por qué salirse de lo normal, algo que ocurre cuando los protagonistas empiezan a despertar interés en la persona a la que ven de forma constante en la tumba contigua.

A Aiora lo peor que puede haberle hecho su esposo es morirse, y más en el preciso momento en que nota cómo su reloj biológico se manifiesta a gritos. Sin dramas innecesarios, la joven acude a diario a escribir y compartir sus sentimientos con una lápida austera a la que empieza a hablar del tipo de la tumba de al lado, un señor poco arreglado, con las manos siempre llenas de arena, que llena la tumba de su madre con todas las flores y colores imaginables. Con poco más en común que sus visitas al camposanto, la pareja empieza a interesarse en cómo actúa el otro hasta que una torpe sonrisa prende una historia de amor tan divertida como atípica.


Como los polos opuestos se atraen, tras los encuentros diarios entre la pálida cultureta que lee a Schopenhauer y el rústico Benny, cuyo día a día lo marcan las necesidades de sus vacas, surge un amor más pasional que romántico basado en la necesidad de sentirse acompañados. Aunque al principio todo funciona sin problemas, la situación deja de ser tan idílica cuando empiezan a conocerse de verdad y las diferencias que tan divertidas parecían se tornan en brechas culturales y sociales complicadas de pasar por alto.

Este argumento tan universal es llevado a buen puerto por Garmendia y Galartza, cuya química crea una atmósfera en la que el público empatiza tanto con los personajes como con las situaciones. La elección de los actores sorprende, sobre todo en el caso de Garmendia, a quien se conoce menos en el género cómico. No corre la misma suerte un guion que de no ser por el buen trabajo de los intérpretes sería excesivamente plano. Merece especial mención la efectiva escenografía que, sin apenas cambios en el mobiliario, pasa de convertirse de un cementerio a un caserío, pasando por un piso de ciudad e incluso un restaurante.

Una obra sencilla con grandes dosis de honestidad reflejada a través del humor que consigue que los espectadores vayan de la reflexión ante la pérdida hasta la carcajada por lo absurdo de la existencia. Una montaje escénico divertido, sin grandes artificios ni tramas complejas, que hará pasar un buen rato a quienes busquen desconectar durante cerca de hora y media de todo lo que tienen alrededor.


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