lunes, 27 de febrero de 2017

El mercado del arte resurge en IFEMA

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Si en algo estaremos de acuerdo es en que el arte es la expresión de una sociedad, el resultado de un dictado que nos configura y define. La Feria Internacional de Arte Contemporáneo ARCO Madrid celebró, del pasado miércoles 22 al domingo 26 de febrero de 2017, su 36ª edición en los pabellones 7 y 9 de IFEMA, una localización en la que se reunieron más de 200 galerías procedentes de 27 países y en donde las vanguardias históricas, los clásicos contemporáneos y el arte actual volvieron a atraer a los miles de visitantes que se acercaron a una cita que en los últimos años va dejando a un lado la necesidad de polémica gracias al camino marcado por su director, Carlos Urroz.

Durante los cinco días de duración de la feria, más de 100.000 personas (el mejor dato en los últimos siete años) disfrutaron de un evento que esta vez ha contado con Argentina como país invitado, demostrando mediante las 12 galerías seleccionadas por la directora-fundadora del Departamento de Arte de la Universidad Torcuato Di Tella (Buenos Aires), Inés Katzenstein, que los creadores pueden presumir de versatilidad a pesar de la inestabilidad económica y la falta de apoyo estatal.

Si trazamos una línea del tiempo que compare la selección de piezas expuestas en la feria, creada en el año 1982 bajo la dirección de la galerista Juana de Aizpuru, es un hecho la creciente dureza en la selección del Comité Organizador y los equipos de comisarios, reuniendo miles de pinturas, esculturas, instalaciones, fotografías, vídeos, piezas new media, dibujos y grabados. Conveniente sería, eso sí, plantearse si ha llegado el momento de prescindir de instituciones, empresas y espacios comerciales en los pabellones, centrando todo el interés en las galerías.

Con un precio de entrada que oscila entre los 20 euros (estudiantes) y los 66 (con catálogo), ARCO no ha ocultado nunca su orientación comercial, algo que aún les cuesta entender a quienes buscan la admiración y calidez de la mera contemplación, más propia de museos titánicos que de un mercado en el que coleccionistas, galeristas, artistas y profesionales del arte de todo el mundo se reúnen en busca de nombres, tendencias y galerías concretas. Eso, obviamente, no impide la visita a la feria como espacio de conocimiento y descubrimiento de artistas emergentes en un mosaico de proyectos y obras de gran nivel.


Con un presupuesto de 4,5 millones de euros, la feria ha destinado cerca del 20% a los programas de promoción internacional y de compradores, así como a prescriptores invitados, lo que se traduce en la llegada a Madrid de más de 250 coleccionistas de 44 países y 150 directores de instituciones, comisarios de bienales y otros expertos internacionales del mundo del arte. Además, en su parte más formativa se realizaron sesiones a las que asistieron personalidades como el prestigioso arquitecto británico Norman Foster junto a charlas públicas sobre artistas argentinos o encuentros profesionales donde impulsar sinergias.

Entre las galerías más visitadas destacaron la presencia de grandes firmas como Lisson o Hauser&Wirth junto a otras nuevas como Dvir o Supportico Lopez. Un lema del artista conceptual serbio Mladen Stilinovic escrito en una bandera rosa hizo sacar la cámara a muchos: 'An artist who cannot speak english is no artist'. Mientras que unos reflexionaban sobre la importancia del idioma en una profesión donde el dólar es moneda universal, pocos sabían que el fondo del mensaje era una reflexión sobre la dominación anglo-occidental en el arte. Aún más sorprendente resultó 'Self-portrait as a child', una de las piezas de la galería berlinesa Crone, donde una capa de silicona representaba la figura de un niño tendido en el suelo con un gran realismo en sus articulaciones.

Entre ambos pabellones se situaron algunos de los proyectos de gran envergadura que necesitaron de un espacio propio para su muestra. Una de las más bellas fue 'Sphère blanche', del argentino Julio Le Parc, una gran esfera colgante elaborada a base de placas de acrílico, hilos de acero, aluminio y madera. El 'Domo Hexagonal' de Los Carpinteros simulaba un iglú descubierto de cinco metros de largo, tres de ancho y dos de alto. Muy cerca se animaba al público a introducirse en la 'Habitación de la Arquitectura' de Alicia Framis, un refugio en el que se proyectaban vídeos sobre viviendas para familias poco comunes.


'El triunfo de Nautilus', de Salvador Dalí, fue la obra más cara expuesta de la edición, con un valor de alrededor de 1,4 millones de euros, en la galería Leandro Navarro. Junto a su nombre, otros grandes como Barceló, Gris, Miró o Picasso. Las obras de Ai Weiwei y Anish Kapoor en Lisson causaron revuelo, así como sonrisas las fotografías de Chema Madoz y la escultura del madrileño Juan Muñoz.

Impresionante, del mismo modo, la impresión digital sobre aluminio (acompañada de vídeo) 'La isla parlante' en la que se distinguían los parlamentos más emblemáticos de la política mundial en una isla desierta donde ya no hay nadie a quien escuchar ni dar voz. Las constantes críticas políticas demuestran que ARCO no es un espacio ajeno a lo que ocurre en el mundo, con alusiones a la misoginia y los refugiados en un buen número de piezas.

Con el sueño de una disminución en el IVA del sector y la necesidad de una ley de mecenazgo, el mercado del arte camina hacia delante en una cita que mueve cerca de 100 millones de euros en la capital y que recupera el debate sobre la subjetividad, apoyado en el desacuerdo a la hora de elegir las mejores obras de la edición por parte de los cientos de expertos en el sector. Será cuestión de gustos, de formación o de lo bien que quedemos delante de una pieza que a muchos sólo les sirve para presumir de selfie. Si a algo ha renunciado ARCO a estas alturas es a justificar su existencia, dejando en manos de propios y extraños las infinitas opiniones sobre una cita que volvió a ser un éxito.

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