martes, 22 de octubre de 2019

Amar también es combatir

EXTRA!
Àngel Llàcer protagoniza 'La jaula de las locas'

El amor, la libertad, la tolerancia, la disidencia y la alegría de vivir son cinco piezas esenciales a la hora de hablar de las grandes producciones del teatro musical. Uno de los géneros más aclamados a nivel mundial, nacido en Nueva York en el año 1866 con 'The Black Crook', ha ido adquiriendo cada vez más peso en España, convirtiéndose la Gran Vía madrileña en el epicentro de títulos que suponen por sí mismos un motivo por el que visitar nuestra ciudad.

Si mezclásemos en una batidora las cinco claves con las que abríamos el texto, sería bastante probable que obtuviésemos la base de una pieza inspirada en la popular obra francesa 'La Cage aux folles', que escribió Jean Poiret en el año 1973 y que triunfó en Broadway gracias a Jerry Herman y Harvey Fierstein, alzándose con seis Premios Tony y permaneciendo durante años en cartel. Con la dirección impecable de Àngel Llàcer y Manu Guix, 'La jaula de las locas' se abre paso sin pedir permiso, con mucho tacón, bien de plumas y sobrado corazón.

Hablar de este musical, que ya se puede ver en el Teatro Rialto – tras triunfar en el Tívoli de Barcelona, donde fue aplaudido por más de 180.000 personas -, es hacerlo de un montaje clave en la historia del género a la hora de afrontar sobre las tablas cuestiones socialmente sensibles, poniendo la felicidad y la diversión por delante de aquellos que ni entienden ni quieren entender lo que se escapa de lo normativo.

Basándose en la versión que llegó a Broadway en el año 2010, 'La jaula de las locas' es un espectáculo de Nostromo Live en el que un elenco de 22 artistas y músicos en directo se dejan la piel por hacer reír y emocionar a partes iguales a todos los presentes. Protagonizada por el mismo Àngel Llàcer e Ivan Labanda, la trama nos sumerge en la tranquila vida de pareja de Albin y Georges, dos hombres que dirigen un club nocturno. Cuando Jean Michel, hijo del segundo, aparece dando una noticia inesperada, la calma desaparece para dar paso al miedo y a las situaciones más delirantes.

'La jaula de las locas' en el Teatro Rialto

El canto a la libertad individual y colectiva que realiza el montaje, de dos horas y cuarto de duración con intermedio, llega en el momento justo a la capital, cuando el fascismo asoma la patita – si es que alguna vez dejó de hacerlo - y los que presumen de ser modernos les tienden la mano sin miramientos. Por eso emocionan hasta las lágrimas y aceleran el ritmo cardiaco temas tan viscerales como 'Soy lo que soy', en la que Llàcer demuestra ser mucho más que un genio del humor, sin permitirse una sola nota desafinada en una lección maestra de dominio escénico bajo la piel de Zazá, la transformista estrella del cabaret de la Riviera francesa.

Si bien es cierto que en la primera parte abunda la danza y la historia sólo se introduce, estallando el conflicto en la hora final, es tan placentero ver la perfección con la que el cuerpo de baile clava cada paso planteado por la coreógrafa Miryam Benedited que en ningún momento se hacen pesados los números. Ningún asistente se olvidará de los momentos de interacción con el público protagonizados por Llàcer, guinda indudable de una producción llena de color, de esperanza y de buenas intenciones que levantaría de su asiento a la mismísima Gloria Trevi.

Hasta 140 cambios de vestuario se suceden en un espectáculo que explota en una segunda parte en la que no cuesta reconocer a un líder político que muchos no queremos ver ni en nuestras peores pesadillas… No sería justo pasar por alto el brillante trabajo interpretativo que lleva a cabo Ricky Mata, como un desmadrado mayordomo que produce las mayores carcajadas. Los aplausos en pie, ya en las funciones previas, anunciaron que este soplo de aire fresco le sienta de maravilla a una Gran Vía cada vez más musical y radiante que, incluso en los días grises, parece susurrar a quienes la recorren el mismo lema con el que se aproxima la caída de telón definitiva en 'La jaula de las locas': la vida empieza hoy. No queda otra.


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